“Ábrete sésamo” al alcance de tus dedos

Los primeros seres vivos a los que se les introdujo un microchip fueron animales domésticos.

¿Imaginas poder abrir la puerta de tu casa o de tu oficina, o poder pagar cualquier servicio de transporte con tan solo alzar una de tus manos?

Suena irreal y completamente futurista; sin embargo, ya es posible a través de la implantación de microchips en humanos. En Suecia, Alemania, Bélgica, Australia y Nueva Zelandia ya se ha promovido su uso y cada vez más personas han decidido introducirlo en su piel. Un implante de microchip humano es un dispositivo de circuito integrado, del tamaño de un grano de arroz, fabricado a partir de un material semiconductor, el cual es encapsulado en vidrio de material compatible con el cuerpo humano.

El origen del microchip se remonta a 1958, cuando el físico e ingeniero estadounidense, Jack Kilby, obtuviera la patente del primer circuito integrado. No obstante, fue hasta 1973 que, gracias a Charles Walton, se revolucionó el uso del microchip con la introducción de un identificador de emisión de radiofrecuencia portátil, conocido como RFID. Este sistema de almacenamiento y recuperación de datos remotos permitió posteriormente el desarrollo de televisores, dispositivos de rastreo GPS, computadoras y, sobre todo, nuestros preciados Smartphones.

Los primeros seres vivos a los que se les introdujo un microchip fueron animales domésticos, principalmente perros y gatos, a los que veterinarios les implantan el chip para poder localizarlos en caso de que nuestras queridas mascotas se extravíen.

En humanos, el primer caso registrado de implantación de un microchip fue en 1998, en el antebrazo del profesor Kevin Warwick de la Universidad de Reading, Inglaterra, con el objetivo de estudiar el control de los edificios inteligentes dirigidos por computadoras, desde la manipulación de las luces de una habitación hasta de ascensores. Sin embargo, el uso comercial de los microchips en personas se popularizó recientemente, en 2015, siendo Suecia el país con mayor número de implantaciones, ya que más de 4,000 suecos han solicitado su introducción.

Este dispositivo se coloca entre el pulgar y el índice, usando tecnología de comunicación de campo cercano de manera pasiva, ya que contiene datos que pueden ser leídos por otros dispositivos, pero no pueden leer información por sí mismos, como una tarjeta de crédito. El costo de uno de estos chips varía entre $150 y $200 dólares, precio que se espera baje rápidamente cuando se democratice su uso en el mundo.

A través del microchip se pueden realizar pagos sin contacto, como es el caso de la compañía nacional de trenes más grande de Suecia S-J, que fuera la primera del mundo en aceptar el pago del ticket con tan sólo colocar la mano cerca de la aplicación del smartphonedel revisor. De esta forma, el uso del chip impulsa la desmaterialización al eliminar el uso de dinero en efectivo. Otra ventaja es que permite a las personas entrar a su casa, lugar de trabajo o incluso ir al gimnasio, sin necesitar llaves u otros dispositivos de acceso.

Aunque la implantación del microchip en humanos es una práctica poco conocida, sin duda tiene un gran potencial para facilitar la vida de quien lo porte, como ha sido el caso de los ciudadanos suecos. Fomentar el uso del microchip constituye una oportunidad para distintos actores públicos y privados, ya sean nacionales o internacionales, ante la infinidad de posibilidades que puede ofrecer, como por ejemplo, la optimización de procesos mediante la realización de uno o varios trámites que, en ocasiones, suelen convertirse en dolores de cabeza y pérdida de tiempo para los ciudadanos.

Si un pequeño grano de arroz puede ser el medio para mejorar la calidad de vida de las personas, entonces su implantación se volverá tan natural como comer, dormir o caminar, apresurando la llegada de un futuro de abundancia y equidad para todos los humanos.

Los leo y los escucho como siempre en mis redes sociales: @marisolrumayor

POR MARÍA DEL SOL RUMAYOR
@marisolrumayor